(Este artículo lo escribimos Ana Jiménez Talavera y yo para el último número de la madeja)

Esta historia comienza el día en que nos invitaron a un debate sobre «mujer, bicicleta y ciudad» y, como suele pasar en los contextos mixtos en los que se habla sobre «la mujer», terminamos debatiendo, o más bien discutiendo, con un grupo de hombres que se empeñaban en interpretar, a través de sus propias e inamovibles gafas de hombres blancos heterosexuales de clase media, el origen o las causas de los miedos asociados a la bici que sentimos las mujeres.

Estas cosas pasan, pero, más allá del malestar que sentimos al vernos una vez más descritas por «cabeza de varón», lo que nos resultó sugerente fue pensar-nos uniendo mujeres, miedos y bicicleta .

Inicialmente, nos llamó la atención que las mujeres habláramos de un miedo reconocido por todas y distinto al miedo del que hablaban los hombres.

Preguntas sin respuesta acuden a nuestra cabeza. ¿Sentimos miedo en la bici? ¿Cuándo, cómo, por qué? ¿Debemos hablar de miedo o de miedos? ¿Son generacionales? ¿Todas las mujeres los sienten?

Como siempre nos interesa pensarnos juntas, convocamos a otras amigas bicicleteras a merendar y a analizar. Todas partimos de la misma pregunta: ¿cuál fue la vez que más miedo pasaste en bicicleta?

Carreteras copadas por camiones, ciudades hostiles dominadas y sometidas por los automóviles, autobuses pegados al culo, transportando a las criaturas, tipos blasfemando y opinando sobre nuestro cuerpo, persecuciones nocturnas, amenazas…

Pero, de manera unánime, aparece otra dimensión: la bicicleta como un escudo protector de miedos, que los ahuyenta, los evita, los transforma. Sobre todo en los momentos en los que nos tenemos que enfrentar a una calle solitaria, poco iluminada, percibida como poco segura y nos sentimos vulnerables. Situaciones en las que el espacio común nos es negado y nosotras lo tomamos gracias a un artefacto acelerador de nuestros cuerpos que, como por arte de magia, se convierte en una herramienta de defensa.

Todas compartimos un punto en común que tiene que ver con la percepción de desafío, con la intuición-sensación de libertad y con el crecimiento personal que significó la superación del miedo inicial a coger la bici. Un miedo que tiene que ver con lo puramente físico (miedo a hacernos daño), con lo psicológico (miedo a hacer el ridículo) y, por último y más determinante, con el miedo a ser libres. Pues existe una clara intuición de que la libertad de movimiento nos hace más libres y esto da mucho vértigo.

Seguimos hablando con otras mujeres, esta vez de una generación anterior. En contra de lo que nos imaginábamos, muchas aprendieron a montar en bici de pequeñas y, las que no, fue más por razones económicas que por haber nacido mujeres. Muchas vienen de pueblo. Cuentan que allí utilizaban la bici igual que los niños y cómo fue su llegada a la ciudad lo que les hizo dejar de usarla.

Quedan cuestiones abiertas para seguir reflexionando juntas.

Apuntamos algunas.

  • Parece necesaria una definición del miedo. ¿A qué nos referimos cuando preguntamos por el miedo? ¿Hablamos todas de lo mismo? ¿Todas lo reconocemos a partir de las mismas señales? ¿Es cultural, es aprendido? Lo que sí parece claro es que es una respuesta lógica, coherente, ante la percepción de una violencia latente en nuestro día a día. Y también nos ocupa y nos preocupa tener el miedo tan naturalizado que a veces ni siquiera lo percibamos.
  • El miedo a ir en bici conecta con el miedo a la autonomía. Un miedo impuesto y conveniente para que sigamos renunciando a ocupar espacios. Un miedo que nos hace sentir que estamos al borde del abismo, aunque lo que hay al otro lado es libertad y no vacío. Coger la bici implica poder moverte, poder sentir el viento en la cara, poder elegir el camino a seguir.
  • El acto mismo de coger la bicicleta nos hace fuertes. Significa una reacción, un primer paso para hacer estallar las mentiras que nos creímos: que las calles de la ciudad no eran para nosotras, que sentir la fuerza de nuestras piernas no era para nosotras, que despeinarnos no era para nosotras…
  • Coger la bici, para algunas, supone asumir el riesgo de ser atacadas, violentadas, observadas, criticadas, perseguidas… Supone decidir no vivir con miedo porque sólo aceptándolo recuperamos el terreno que nos han negado.
  • Nos preguntamos cómo es la experiencia de las personas trans*. Sería interesante que nos contaran en qué se parecen y en qué se diferencian sus experiencias en bicicleta.
  • Parece que el uso de la bici tiene un efecto distinto en la ciudad y en el pueblo. La ciudad es en sí misma un medio hostil en el que el uso de la bici por parte de las mujeres implica una mayor superación, ya sea por los coches o por el acoso al que nos someten algunos hombres como una advertencia de que estamos adentrándonos en las fronteras de lo no permitido para nosotras, en terreno masculino hostil.

En definitiva, cuestiones a seguir pensando y re-pensando juntas, que es como más seguras nos sentimos y menos miedos tenemos… Y, si es a golpe de pedal, mucho mejor.